domingo, 17 de marzo de 2013
Tendresse.
Esa línea que parte tu espalda en dos está tan marcada que llega a dividirte por dentro.
Podría recorrerla con los ojos cerrados igual que podría unirte a ti.
Podría pasear por tus vértebras y encontrar tu felicidad de base, tintada de azul.
Seguir subiendo sin miedo por la curva, con la bici de las lagunas, y encontrar tus primeros amores. Que sus huellas me hagan llegar hasta tus costillas, y encontrar los placeres vividos marcados por besos y caricias en noches a deshoras. Colgando de una de ellas, desde el placer de un sábado noche de cuatro copas y poca ropa, podría ver a tu corazón desconocido escupiendo palabras de dolor que consume en exceso, y ver como tu cabeza silencia todo aquello que pueda poner en duda su racional estructura.
Tal vez hace falta ser zurdo, para que cabeza alcance a coger con la mano izquierda los gritos de corazón. Para que los lance, abriendo uno por uno los dedos, como tocando un piano con movimientos contrarios, disfrutando de ver como se deslizan y tu mano vuelve a quedar limpia. Tan limpia que el dedo meñique es capaz de tocar el corazón sin mancharse, y el dedo pulgar roce la cabeza, formando un tobogán de equilibrio.
Lástima, que justo en medio del camino entre un punto y otro exista el dedo corazón y éste gane el pulso. Que choquemos contra él y que nos haga pedazos de sentimientos en forma de locura, devolviéndonos al corazón. Porque cabeza seguirá sentada en su trono de altura, viéndolo todo desde otra perspectiva, intentando unir lazos. Lo que ésta no sabe es que los lazos no se unen, se crean.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)